
Quedamos en vernos en el restaurante a las nueve. Los dos sabemos que ha llegado un punto en el que se hace del todo imprescindible aclarar un buen número de cosas para seguir juntos. Beatriz llega tarde y ya he repasado varias veces la carta. Pedimos aconsejados por las sugerencias del día y un buen vino blanco para facilitar la conversación. El gazpacho está un poco fuerte para mi gusto. La ensalada completa de Beatriz, riquísima después de un aliño generoso. Una gota sobrante de mi cuchara cae sobre el mantel y el rojo tomate del gazpacho se adueña del blanco en un segundo. Acerco el cuenco del pan hasta taparlo. A nuestro alrededor van ocupándose el resto de mesas y la música tenue del principio ya ha quedado velada por las voces y las risas. El camarero retira los primeros platos y yo repongo vino en las copas que aún contienen el primero. Beatriz atiende una llamada, pero trata de ser breve para no restarnos tiempo. De la mesa de la izquierda rebota la discusión acerca del papel de Alemania en la crisis, algo que ya he oído en todas las mesas contiguas de los restaurantes. Llega el segundo plato, un arroz negro para compartir al que Beatriz hace un gesto de aprobación. Realmente bueno, en su punto. Juraría que han cambiado la vajilla, el plato es más grande y de un blanco más intenso que con el negro del arroz ofrece una estética de alta cocina. La mujer de la mesa de enfrente se levanta para ir al baño, bolso en mano y desaparece por la puerta dejando al hombre con el postre. —Yo quiero lo mismo que ese señor —le digo al camarero—, ¿qué es? ¿tarta de queso? Perfecto. Beatriz siempre pide tiramisú. Ya no puedo más, ya no soy el que era, el arroz me llena en seguida el estómago. Pedimos la cuenta. Antes de marcharnos acabo de servir el vino que resta en la botella, sería imperdonable no aprovecharlo. Sigue tan frío como al principio.
Micro relato de:
David Pinedo Andrés. PROHIBIDO NAUFRAGAR. Barcelona 2015. Editorial: in significante.